Normalmente empieza como cualquier otra salida en bici
El tiempo acompaña. La ruta es conocida. La has hecho mil veces.
Un bucle por carretera a primera hora. Una salida de gravel después del trabajo. Una vuelta tranquila el fin de semana para despejar la cabeza.
No parece peligroso. No estás asumiendo riesgos. Simplemente estás pedaleando.
Y ahí está el problema.
Según el último análisis temático disponible de la Comisión Europea sobre seguridad ciclista, cerca de 2.000 ciclistas pierden la vida cada año en las carreteras de la UE. La mayoría de estos accidentes no ocurren en condiciones extremas ni en situaciones excepcionales. Ocurren durante trayectos normales, en carreteras corrientes, a personas que hacen lo que hacen todas las semanas.
Cuando hablamos de ciclistas de todos los días, no nos referimos solo a trayectos cortos por el centro de la ciudad. Hablamos de personas que montan en bici con regularidad —en carretera, en gravel, en rutas conocidas— muchas veces en solitario y sin sentirse especialmente vulnerables.
Un problema que no ha mejorado del todo
Lo más preocupante es que esta situación lleva años estancada.
Los análisis más recientes de seguridad ciclista de la Comisión Europea y del Observatorio Europeo de Seguridad Vial muestran que los ciclistas siguen siendo el único grupo de usuarios de la vía cuyas cifras de mortalidad no han descendido de forma significativa desde aproximadamente 2010. Mientras conductores y peatones se han beneficiado de mejoras en seguridad de los vehículos, infraestructuras y control, los ciclistas no han avanzado al mismo ritmo.
Esto resulta aún más relevante porque el ciclismo está creciendo. Los datos de uso de Eco‑Counter y EuroVelo indican que el número de personas que montan en bici en Europa sigue aumentando, especialmente en salidas deportivas, entrenamientos regulares y ciclismo recreativo.
Y, sin embargo, la bicicleta sigue representando solo alrededor del 8 % de los desplazamientos cortos en la UE, según las encuestas de movilidad de la Comisión Europea. La seguridad sigue siendo uno de los principales motivos por los que mucha gente no empieza a pedalear —o deja de hacerlo.
Dónde ocurren realmente los accidentes
Cuando se habla de peligro en bicicleta, casi siempre aparecen los coches. Y con razón.
En Europa, la mayoría de los accidentes mortales de ciclistas implican a vehículos a motor, especialmente en tramos de carretera y cruces donde bici y coche interactúan directamente. Los cruces están sobrerrepresentados en las cifras de siniestralidad ciclista, porque concentran diferencias de velocidad, problemas de visibilidad y momentos de incertidumbre.
Pero esa no es toda la historia.
Una parte importante de las lesiones graves en ciclismo se debe a accidentes en solitario, sin ningún otro vehículo implicado. Los análisis europeos relacionan estos sucesos con asfaltos en mal estado, grava suelta, baches, arcenes estrechos, pintura deslizante o obstáculos inesperados.
Este tipo de accidentes suele ocurrir:
En carreteras tranquilas
En rutas de entrenamiento habituales
Durante salidas en solitario, lejos de ayuda inmediata
En esos momentos, el riesgo no es solo la caída en sí, sino lo que viene después: no ser visto, no poder avisar a nadie, que nadie sepa dónde estás o incluso que has salido a montar.
Por eso, gestos sencillos —como compartir tu ruta en tiempo real o avisar a tus contactos de confianza al empezar y terminar una salida— pueden marcar la diferencia. No eliminan el riesgo, pero sí reducen la incertidumbre y facilitan que alguien pueda ayudar si pasa algo.
La seguridad también es una sensación
La seguridad no se mide solo en números. Se vive sobre la bici.
En una encuesta global de Ipsos citada por la Federación Europea de Ciclistas, aproximadamente la mitad de las personas encuestadas afirma que ir en bici en su entorno es demasiado peligroso. Donde la bicicleta se percibe como insegura, se usa menos. Donde se percibe como segura, más gente se anima a pedalear.
Esa percepción tiene consecuencias a largo plazo.
Según el informe State of the Nation de Shimano, más de un tercio de los europeos cree que montar en bici es hoy menos seguro para los niños que hace unos años. Cuando los padres pierden confianza, la cultura ciclista no solo se frena: se debilita.
Y la mayoría de ciclistas no busca adrenalina. Busca encajar la bici en su vida diaria. No quiere sentirse valiente; quiere sentirse lo suficientemente seguro como para seguir saliendo.
La infraestructura funciona — pero no lo resuelve todo
Hay algo claro: la infraestructura salva vidas.
Los análisis de la Comisión Europea muestran que los carriles bici físicamente segregados reducen los accidentes entre un 50 % y un 60 % frente a los carriles pintados o señalizados. Cuando existe una verdadera separación del tráfico, la seguridad mejora de forma notable.
Pero la infraestructura avanza despacio y de forma desigual. Incluso en regiones con buenas redes ciclistas, muchos recorridos siguen teniendo:
Tramos largos de tráfico compartido
Carreteras rurales con poco mantenimiento
Zonas donde la protección desaparece sin previo aviso
Esto no significa que la infraestructura no sea clave —lo es—, sino que los ciclistas siguen necesitando apoyo en las condiciones reales en las que pedalean hoy.
Ahí es donde la tecnología puede actuar como una capa complementaria de seguridad, ayudando a que las salidas diarias no se sientan tan expuestas.
Los límites de la seguridad basada en hardware
La industria ciclista lleva tiempo intentando dar respuesta a estos problemas, en gran medida a través del hardware.
Localizadores GPS, candados inteligentes, ciclocomputadores o dispositivos de alerta prometen tranquilidad y seguimiento. En Europa, soluciones como I LOCK IT GPS, BikeFinder, PowUnity, AlterLock o BikeFlare combinan dispositivos físicos con apps propietarias y planes de servicio.
Pueden ser útiles, pero también generan barreras:
Más dispositivos que comprar e instalar
Más cosas que cargar y gestionar
Costes iniciales elevados
Para muchos ciclistas —incluidos los de carretera y gravel que ya invierten bastante en su equipo— este tipo de soluciones añade complejidad en lugar de integrarse de forma natural en la experiencia de salir en bici.
El resultado es que existen herramientas de seguridad eficaces, pero no llegan a la mayoría de ciclistas.
La brecha real
Si se observa el panorama completo, la brecha es evidente.
El ciclismo conlleva riesgos reales y persistentes —desde la interacción con el tráfico hasta el estado imprevisible de las carreteras—. Muchos accidentes graves ocurren durante salidas rutinarias y en solitario. Y aunque existen soluciones, suelen depender de hardware, ser caras o difíciles de integrar en el día a día.
La necesidad está clara.
El acceso, no tanto.
Un enfoque basado en software
Una alternativa más inclusiva parte de algo sencillo: aprovechar lo que los ciclistas ya llevan encima.
El móvil ya forma parte de casi todas las salidas: para registrar rutas, orientarse, comunicarse o hacer fotos. Usado de forma inteligente, también puede ofrecer una capa de seguridad discreta y constante.
Esa es la idea detrás de My Bike Guard.
Funciones como Family Ride Guard están pensadas para situaciones reales: avisar a contactos de confianza cuando empiezas y terminas una salida, permitir que sigan tu recorrido en tiempo real y ofrecer la tranquilidad de que alguien sabrá si algo no va bien.
Al apostar por el software en lugar de dispositivos dedicados, la seguridad resulta más fácil de adoptar y se ajusta mejor a la forma en que la gente realmente sale a montar.
La seguridad no debería ser un lujo
Montar en bici nunca será completamente libre de riesgos. Pero tampoco debería sentirse frágil.
Si el ciclismo quiere seguir creciendo en Europa —en carretera, en gravel y en todo lo demás— la seguridad debe formar parte de las salidas cotidianas, no ser un lujo reservado a quienes pueden permitirse sistemas complejos.
Cerrar la brecha de seguridad ciclista no va de miedo.
Va de confianza.




